
Publicado por Javier Fariñas Martín en |
Los burros de Darfur se han convertido en protagonistas inesperados de una guerra que dura ya más de tres años. Hace meses, cuando se conoció que las Fuerzas de Apoyo Rápido habían tomado la ciudad de Al Fashir, nos sobresaltamos tibiamente porque los hombres de Hameidti recurrieron a una milenaria técnica militar para ello: el asedio. Cerraron los accesos a esta ciudad con el objetivo de que el Ejército se rindiera y entregara el enclave. Si no lo hacía, los habitantes de Al Fashir perecerían de hambre y sed. El sometimiento duró 500 días. «Un carro tirado por un burro que sale de Al Fashir cuesta más que un coche nuevo». Así, con una cruda precisión, The Guardian tituló su información. De aquel cautiverio solo se podía salir por la carretera que lleva a la ciudad de Tawila, a 60 kilómetros. Dos días caminando. Uno a lomos de un borrico.
Burros darfuríes en el centro de una contienda. La cadencia del caminar de los pollinos se convirtió en una vía para escapar del horror.
En estos tiempos en los que dedicamos más espacio a los manotazos y desaires verbales de Trump que a las víctimas de los bombardeos ordenados por él en Irán, los burros darfuríes han vuelto a cobrar protagonismo. La subida global del precio de los carburantes [World Mision señaló hace unos días que los sudaneses han llegado a pagar más de cuatro dólares por un litro de diésel] está provocando que la obtención de agua procedente de manantiales subterráneos sea una actividad cada vez más cara en Sudán, con lo que eso supone: si el coste de bombeo se dispara, el de beber también se eleva [cerca de un 30% desde el cierre de Ormuz], con un impacto directo, sobre todo, para desplazados y refugiados a causa de la guerra [solo el estado de Darfur Oriental acoge a 189 000 personas que han llegado sin ningún recurso].
Por eso, cuando los darfuríes ven acercarse a los carros cargados con bidones de agua tirados por burros empiezan a echar cuentas de cuántos litros podrán comprar. Si es que pueden hacerse con algo. La eterna disyuntiva entre las posibilidades y las necesidades.
Y en medio, los pollinos. Los que llevaron a la libertad a los cautivos de Al Fashir y los que ahora acarrean agua para los sedientos de Darfur.
En la imagen superior, una niña guía un burro mientras este arrastra un barril metálico hasta un pozo recién excavado para extraer agua subterránea en Gedaref, estado oriental de Sudán, el 4 de mayo de 2024. Fotografía: Getty