«¿Desde dónde me has visto?»

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La historia, un instrumento útil para conocer la realidad de Malaui



Por Penelope Paliani-Kamanga desde Blantyre



El Centro Cultural y Museo de Karonga, en el norte de Malaui, tiene como lema «De los dinosaurios a la democracia». La riqueza histórica del país austral es fundamental para entender las relaciones sociopolíticas actuales de una nación que aún debe hacer frente a numerosos y duros desafíos.



Una historia transmitida de generación en generación habla de unos seres pequeños y misteriosos que, según creían los akafulas, vivían tranquilamente en la antigua tierra que hoy se conoce como Malaui. Los ancianos cuentan que cuando alguien se topaba con ellos, estos hacían una pregunta sencilla pero peligrosa: «¿Desde dónde me has visto?». Una respuesta superficial –«Te acabo de ver aquí»– se consideraba un insulto, una negación de su profundidad, su historia y su existencia. Una contestación así podía provocar un conflicto, incluso una guerra. Pero los sabios sabían cómo responder. Inclinaban ligeramente la cabeza y decían: «Te he visto desde muy lejos». En esas palabras había respeto, un reconocimiento de que lo que tenían ante sí encerraba una historia más antigua y profunda de lo que el ojo podía ver a simple vista. En muchos sentidos, esta es también la historia de Malaui. Incluso el descubrimiento del Malawisaurus, un enorme dinosaurio herbívoro que una vez vagó por estas tierras hace millones de años, durante el Cretácico temprano, nos recuerda que la historia del país se extiende mucho más allá de la memoria.

Los akafulas –recordados como cazadores-recolectores de complexión pequeña– y las numerosas comunidades que les sucedieron vinieron de lejos. La de Malaui es una historia de migración, encuentro y lucha. Mucho antes de que existieran las fronteras coloniales, oleadas de pueblos bantúes –descritas por los historiadores como la expansión bantú– se desplazaron lentamente por África. Originarias de regiones cercanas al actual Camerún y el sureste de Nigeria, unos 2000 años antes de Cristo, estas comunidades trajeron la agricultura, la metalurgia del hierro, su lengua y nuevos sistemas de asentamiento. Se desplazaron hacia el sur y se establecieron en Malaui, dando forma a comunidades como los chewas, los yaos, los tumbukas y los ­ngonis. A diferencia de los akafulas, los bantúes establecieron una vida sedentaria en las aldeas y transformaron los paisajes a los que llegaron. Todos estos movimientos constatan una realidad: las raíces de Malaui se extienden mucho más allá de las fronteras trazadas en los mapas modernos.

El ritmo de esta tierra volvió a cambiar en el siglo XIX cuando llegaron forasteros no por senderos, sino cruzando océanos desde mundos lejanos. Los misioneros europeos entraron en la región trayendo consigo tanto la fe como la ambición. Sus viajes se hicieron muy conocidos gracias a las expediciones de David Livingstone, cuyos vívidos relatos sobre África central y su condena del comercio de esclavos despertaron la atención en toda Europa. Pronto, sociedades misioneras, entre ellas la Misión Universitaria a África Central y la Iglesia Libre de Escocia, establecieron misiones a lo largo del lago Malaui y en las comunidades del interior. Introdujeron escuelas, el cristianismo, la alfabetización y los sistemas de enseñanza occidentales. Sin embargo, su presencia también marcó el inicio de una profunda transformación social, en la que la fe se entrelazó cada vez más con el poder político.

Figuras de los presidentes de Malaui expuestas en el Kungoni Centre, en la localidad de Mua. Fotografía: Gonzalo Vitón



De Nyasalandia a Malaui

A medida que el interés europeo por el continente se intensificaba, los puntos de apoyo establecidos por los misioneros dieron paso de manera paulatina al control imperial. En 1891, los británicos declararon el territorio Protectorado Británico de África Central, rebautizado después como Nyasalandia. El dominio colonial reconfiguró tanto la tierra como la vida: se aplicaron impuestos, se confiscaron tierras fértiles para los colonos europeos y muchos africanos fueron obligados a trabajar en sistemas que beneficiaban a la administración colonial. John Chilembwe se levantó para desafiar el dominio colonial, aunque fue abatido a tiros en 1915 por un soldado mientras huía hacia ­Mozambique tras el fracaso del alzamiento contra el dominio británico. En 1953 Nyasalandia se fusionó con Rodesia del Norte y Rodesia del Sur (los actuales Zambia y Zimbabue) para formar la Federación de Rodesia y Nyasalandia. Presentada por las autoridades coloniales como un camino hacia el progreso económico, la Federación agravó los temores africanos de dominación racial y exclusión política. Para muchos africanos no se trató de unidad, sino de control.

En Nyasalandia las voces nacionalistas se alzaron con urgencia. Los movimientos políticos cobraron fuerza a medida que la población exigía dignidad, tierra y autogobierno. «En muchos sentidos –afirma Mike Phiri, conservador e historiador malauí– la historia de la Malaui moderna no puede contarse sin Hastings Kamuzu ­Banda, un hombre que llegó en un momento en el que el país se encontraba al borde de convertirse en algo que no había elegido». Para cuando Banda regresó a Nyasalandia en 1958, la oposición a la Federación se había intensificado. El político se pronunció con dureza contra lo que él denominaba la «estúpida Federación» y desafió a la autoridad colonial con llamamientos a la independencia. Su activismo le llevó a ser detenido en 1959 durante el estado de emergencia declarado por los británicos, una medida que no hizo más que reforzar el apoyo que le prestaba el pueblo. «En 1963, la Federación se derrumbó. Un año más tarde, Nyasalandia emergió como la nación independiente de Malaui, con Banda al frente. Para muchos, era un libertador, el hombre que se opuso al dominio colonial y ayudó a desmantelar un orden político impuesto», explica Phiri.

Una mujer muestra una papeleta electoral simulada con la que anima a votar por Lazarus Chakwera, líder del MCP, en la escuela primaria de Chowo (Lilongüe). La imagen fue tomada el 12 de mayo de 2019, en vísperas de las elecciones generales que celebró el país. Amos Gumulira / Getty



Inestabilidad

Pero la independencia no resultó ser el final, sino otro punto de inflexión. «En los primeros años –señala Phiri–, hubo un progreso visible: carreteras, escuelas y sistemas agrícolas. El país comenzó a tomar forma de nuevas maneras». Banda se posicionó como un símbolo de unidad, disciplina e identidad nacional. Sin embargo, con el tiempo, el poder político se fue centralizando cada vez más. En 1966, Malaui se convirtió en una república bajo el Partido del Congreso de Malaui (MCP, por sus siglas en inglés), con Banda como presidente, y cinco años más tarde, esta formación impulsó que el político fuera declarado presidente vitalicio, consolidando su régimen de partido único y eliminando los límites de mandato. Con cautela, Phiri apunta que «aquí es donde la historia se complica». El historiador lamenta la represión que sufrió la oposición. Los críticos, ya fueran políticos, periodistas o ciudadanos de a pie, se enfrentaban a la detención, el exilio o la intimidación. El poder controló la vida pública y se extendió incluso a los códigos de vestimenta. Para algunos malauíes, esa época se recuerda por el orden, las infraestructuras y la disciplina. Para otros evoca miedo, silencio y el doloroso precio que pagaron por la discrepancia. 

Con el paso de los años, la frustración con el régimen de partido único fue en aumento, lo que obligó al presidente y a su Gobierno a introducir reformas políticas. Esto condujo al referéndum de 1993, que permitió a los malauíes elegir entre el modelo vigente y la democracia multipartidista. La mayoría votó a favor de esta última opción, allanando el camino para las reformas políticas y las primeras elecciones multipartidistas, que se celebraron en 1994. Tras la transición, Malaui entró en una nueva etapa política: «La historia dejó de girar en torno a un único gobernante», explica Phiri, «y pasó a centrarse en una sucesión de presidencias, cada una de las cuales dio forma a la democracia de manera diferente».

Bakili Muluzi, del Frente Democrático Unido, inauguró la era democrática antes de que el poder pasara a manos de Bingu wa Mutharika en 2004. Este, que creó su propia formación, el Partido del Progreso Democrático (DPP, por sus siglas en inglés), tras romper con Muluzi, fue elogiado al principio por sus reformas agrícolas y su gestión económica. Sin embargo, en sus últimos años fue objeto de críticas por su intolerancia hacia la disidencia. 

Su fallecimiento en 2012 puso a prueba la solidez de las instituciones democráticas. La entonces vicepresidenta, Joyce Banda, asumió el cargo de acuerdo a la Carta Magna, convirtiéndose en la primera mujer presidenta del país y en la primera mujer jefa de Estado del África austral. «Lo que siguió fue un recordatorio de que la democracia nunca avanza en línea recta», dice Phiri. Banda, que más tarde formó el Partido del Pueblo, gobernó solo durante dos años.

Peatones y vehículos en la Kamuzu Procession Road, una de las principales arterias de Lilongüe, la capital del país. Fotografía: Boniface Gbama



Sentencia histórica

Peter Mutharika, del DPP, asumió el cargo en 2014 en medio de una creciente preocupación ciudadana por la corrupción y la gobernanza. Poco después se produjo uno de los momentos más significativos de la historia democrática africana. Tras unas elecciones controvertidas en 2019, los tribunales malauíes anularon los resultados, una decisión poco habitual que demostró la independencia judicial. En la repetición de las elecciones en 2020 ganó ­Lazarus Chakwera, del MCP, que se convirtió en el primer candidato opositor africano que se alzaba con la victoria tras unas elecciones anuladas por los tribunales. El triunfo trajo consigo esperanzas de transformación y de un liderazgo al servicio del pueblo. Sin embargo, cinco años después, la frustración creció en medio del aumento del coste de la vida, el desempleo, los escándalos de corrupción, la escasez de combustible y la inestabilidad económica. En este contexto, en las elecciones de 2025, Peter Mutharika volvió al poder con esperanzas renovadas de restaurar la estabilidad económica. 

En este equilibrio juegan un papel importante los vecinos regionales. El país, sin salida al mar, depende de la solidez de dichas relaciones para el comercio y la supervivencia. Una de sus alianzas más importantes es la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), que promueve la cooperación regional y el acceso a los mercados. Según Gloria Gomani, experta en relaciones internacionales, la participación en el bloque regional refuerza su poder de negociación y reduce los riesgos de aislamiento que conlleva ser un país sin litoral. Para Malaui, esta integración es más que diplomacia: es un camino hacia la estabilidad económica y el desarrollo compartido.



El paisaje religioso

La religión en Malaui está muy arraigada tanto en la ­vida privada como en los asuntos públicos (ver pp. 58-61). El cristianismo, que convive con el islam y con religiones tradicionales, aglutina a católicos romanos, presbiterianos, anglicanos y bautistas. Además, hay que subrayar la presencia en rápido crecimiento de movimientos pentecostales y carismáticos. Cada uno de ellos da forma a distintos estilos de culto y de vida comunitaria. El islam, por su parte, cuenta con profundas raíces históricas que se remontan a las rutas comerciales por el lago Malaui. Su crecimiento radica especialmente  en las comunidades del sur y de la ribera del lago, contribuyendo a la diversidad cultural y religiosa del país.

Mark Mwale, experto en religión, observa que «el panorama de Malaui no se reduce a las creencias, sino que abarca cómo las comunidades organizan la vida, la moralidad y la responsabilidad social». Esto se hace evidente en la forma en la que las instituciones religiosas a menudo van más allá del culto, convirtiéndose en centros de educación, asistencia sanitaria y bienestar social, en especial en las zonas rurales, donde los servicios estatales son limitados.

La religión también ha de­sempeñado un papel visible en el discurso nacional, en especial a través de las Iglesias que se pronuncian sobre la gobernanza, la justicia y los derechos humanos. La carta pastoral que los obispos católicos publicaron en 1992 sigue siendo un ejemplo emblemático de compromiso cívico basado en la fe. Aquel documento fomentó el debate público durante un período de represión política. Hoy en día, en todas las confesiones, los líderes religiosos siguen moldeando la conciencia pública, reforzando la idea de que la fe en Malaui tiene una influencia tanto espiritual como social.



Una mirada honesta

Hoy en día, Malaui sigue estando moldeado no solo por presidentes, misioneros o potencias coloniales, sino por una ciudadanía que ha llevado a la nación a través de generaciones. Quizá por eso la antigua historia de los akafulas sigue siendo relevante. Malaui no comenzó «justo aquí». Es un país forjado a través de largas travesías migratorias, de resistencia, supervivencia y reconstrucción. Entender Malaui es reconocer que su identidad no es estática, sino que se compone de capas surgidas a partir de la resistencia y el cambio. El país nos pide que miremos más allá de la superficie del presente y veamos la profundidad que hay debajo.

Así que, cuando nos preguntan: «¿Desde dónde me has visto?», la respuesta más sincera nunca es sencilla. No se trata de que «solo te he visto aquí». Es algo más completo, más honesto y más arraigado en la historia: «Te he visto desde muy lejos y aún te estás formando».   



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