Las múltiples voces de un pequeño país

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Por Gregory Gondwe



Para comprender Malaui hay que escuchar antes que mirar. A menudo, el país se presenta al mundo a través de la pobreza, la ayuda humanitaria, la belleza de sus orillas lacustres y la transición política. Pero bajo esas descripciones tan conocidas se esconde una nación que canta su historia, discute a través del ritmo, llora en armonía y baila incluso cuando la vida le da pocas razones para celebrar. Hay un proverbio chichewa que dice que la música es el lenguaje que los antepasados dejaron para aquellos que aún no pueden expresar su dolor. 

La música malauí no es un solo sonido. Se escuchaba en el Gule Wamkulu –la gran danza del pueblo chewa–, donde figuras espirituales enmascaradas pisoteaban la tierra roja en funerales y ceremonias de la cosecha, contando historias que no se compartían en las aulas. El país discurre de norte a sur a lo largo del gran valle del Rift y cada región tiene su propia voz, su propio sonido, su propia cosmología convertida en ritmo. En las frescas tierras altas del norte, el vimbuza es un ritual curativo que utiliza el ritmo para expulsar el mal del cuerpo. A lo largo de la orilla del lago –un estrecho mar interior que se extiende 500 kilómetros, cuya superficie brilla como plata repujada al atardecer–, los narradores con guitarra acústica han cantado sobre el amor, la pérdida y la política durante generaciones.

Escuela de música de Karonga. Fotografías: Boniface Gbama



La música moderna de Malaui se forjó en el crisol de la política. Tras tres décadas de dictadura, no fueron los políticos quienes dieron voz por primera vez a un pueblo liberado, sino los músicos. Evison Matafale, un profeta rastafari de Chileka, un municipio a las afueras de Blantyre, canalizó ese momento con una ferocidad que lo convirtió en una leyenda nacional antes de su sospechosa muerte bajo custodia policial en 2001, con tan solo 32 años. Su banda, los Black Missionaries, sigue llevando esa antorcha. Lucius Banda, de la localidad de Balaka, cantaba sobre la pobreza y la justicia de una forma que inquietaba a los funcionarios del Gobierno. Wambali Mkandawire, un maestro del jazz de las tierras altas del norte, entretejió la espiritualidad indígena con el ­afrojazz con una sofisticación que le valió el reconocimiento internacional antes de su fallecimiento en 2021. Su música no era una rebelión prestada: era un grito local revestido de un sonido global.

La industria musical refleja la fragilidad económica malauí: no hay discográficas consolidadas, la ley de derechos de autor rara vez se aplica y los músicos pierden ingresos a manos de piratas callejeros que venden álbumes copiados antes de su lanzamiento. Ganarse la vida con la música exige una resiliencia extraordinaria: giras en minibús por malas carreteras, dinero recaudado a través del móvil tras conciertos al aire libre, actuaciones en salones parroquiales de pueblos que la mayoría de los mapas no se molestan en nombrar. Esto no es solo un problema económico: es un fracaso cultural.

Lo que me da esperanza es una generación que se niega a dejarse confinar. El festival Lake of Stars –celebrado anualmente a orillas del lago Malaui– se ha convertido en un escenario donde los artistas malauíes saltan al primer plano internacional sin abandonar sus raíces. Los jóvenes músicos mezclan letras en chichewa con afrobeats, hip-hop y góspel dando lugar a formas que suenan nuevas e inconfundiblemente malauíes. Graban en sus habitaciones, se promocionan en plataformas digitales y colaboran más allá de las fronteras. Lo que Malaui necesita es una inversión cultural para estar a la altura de esa energía, lo que redunde en una remuneración justa, respeto de los derechos de autor, además de mejores locales y plataformas que traten la música como identidad y como industria.

Puede que Malaui sea pequeño, pero su música no lo es. Aquí el tambor nunca duerme. Tampoco lo hace el ansia de ser escuchado.   



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